martes, 3 de abril de 2012

A los caídos en Malvinas


En medio de una plaza, una plaza pequeña 
y tal vez ignorada por aquellos, que caminan sin ver, 
se encuentra un monumento, bello en su sencillez, 
pequeño, si se quiere, sin mayor esbeltez. 
Un círculo de piedra, unas placas y, alguna que otra vez, 
ofrendas de laureles o una sencilla flor 
que una cinta argentina sujeta, cada vez 
que alguien, en silencio, le acerca con amor. 
En el centro una llama centinela de luz, 
acompaña los nombres de los que alguna vez 
sin pedir nada a cambio, ofrecieron su vida, 
su juventud, sus sueños, y sus hijos también. 
Se fueron a la guerra siendo niños aún, 
cientos, miles de aquellos que tras un ideal, 
creyeron que su lucha, tan dura y desigual 
sería el logro tan ansiado de, al fin, recuperar 
aquel pedazo nuestro, tan nuestro y tan austral.


Solo algunos volvieron, otros están allá, 
no pudieron traernos la bandera triunfal. 
Ni siquiera trajeron el bagaje de sueños 
que en su alma de niños, llevaron al marchar. 
Y por eso el recuerdo, las flores, el agua, el fuego 
y sus nombres, sus nombres nada más... 
Bajo las piedras, nada, solamente el lugar 
solamente este sitio donde poder rezar. 
Si solo están sus nombres, se permite soñar, 
que alguna flor o un rezo hasta Dios llegará, 
para pedir por ellos, por el descanso de sus almas en paz. 
Eran nuestros hermanos, amigos, hijos, quizá. 
Por eso cuando pases cerca de ese lugar, 
detente un solo instante, piensa, reza, 
no dejes de recordar, que un día muchos chicos 
marcharon a pelear, por esta, por tu patria, 
sin haber tenido jamás, un arma entre sus manos, 
un arma, aunque fuera, solo para jugar.






María del Carmen Reyes 


Madelca