miércoles, 5 de octubre de 2011

A un poeta muerto

Así como en la roca nunca vemos

La clara flor abrirse,

Entre un pueblo hosco y duro

No brilla hermosamente


El fresco y alto ornato de la vida.

Por esto te mataron, porque eras

Verdor en nuestra tierra árida

Y azul en nuestro oscuro aire.



Leve es la parte de la vida

Que como dioses rescatan los poetas.

El odio y destrucción perduran siempre

Sordamente en la entraña


Toda hiel sempiterna del español terrible,

Que acecha lo cimero

Con su piedra en la mano.

Triste sino nacer 


Con algún don ilustre

Aquí, donde los hombres

En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo


Ante aquel que ilumina las palabras opacas

Por el oculto fuego originario.

La sal de nuestro mundo eras,

Vivo estabas como un rayo de sol,


Y ya es tan sólo tu recuerdo

Quien yerra y pasa, acariciando

El muro de los cuerpos

Con el dejo de las adormideras


Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.

Si tu ángel acude a la memoria,

Sombras son estos hombres


Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;

La muerte se diría

Más viva que la vida

Porque tú estás con ella,


Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas

Con tu gracia y tu juventud incomparables.

Aquí la primavera luce ahora.


Mira los radiantes mancebos

Que vivo tanto amaste

Efímeros pasar junto al fulgor del mar.

Desnudos cuerpos bellos que se llevan


Tras de sí los deseos

Con su exquisita forma, y sólo encierran

Amargo zumo, que no alberga su espíritu

Un destello de amor ni de alto pensamiento.



Igual todo prosigue,

Como entonces, tan mágico,

Que parece imposible

La sombra en que has caído.


Mas un inmenso afán oculto advierte

Que su ignoto aguijón tan sólo puede

Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,

 
A quien no basta esculpirse en las olas,

Sino perderse anónima

En los limbos del mar.

Pero antes no sabías


La realidad más honda de este mundo:

El odio, el triste odio de los hombres,

Que en ti señalar quiso

Por el acero horrible su victoria,


Con tu angustia postrera

Bajo la luz tranquila de Granada,

Distante entre cipreses y laureles,

Y entre tus propias gentes


Y por las mismas manos

Que un día servilmente te halagaran.

Para el poeta la muerte es la victoria;

Un viento demoníaco le impulsa por la vida,


Y si una fuerza ciega

Sin comprensión de amor

Transforma por un crimen

A ti, cantor, en héroe,


Contempla en cambio, hermano,

Cómo entre la tristeza y el desdén

Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.


Tenga tu sombra paz,

Busque otros valles,

Un río donde del viento

Se lleve los sonidos entre juncos


Y lirios y el encanto

Tan viejo de las aguas elocuentes,

En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,


Ajeno como ella y tan estéril.

Halle tu gran afán enajenado

El puro amor de un dios adolescente

Entre el verdor de las rosas eternas;


Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,

Tras de tanto dolor y dejamiento,

Con su propia grandeza nos advierte

De alguna mente creadora inmensa,

 
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria

Y luego le consuela a través de la muerte.

autor, Luis Cernudas

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